Eran más o menos la 9:35 de la mañana de un 20 de abril
cuando Mia llego a este mundo. Llovía a cantaros en una de esas primaveras que
te hace perder la esperanza de que llegue el verano.
Salí a la calle y me mojé los pies, se me había olvidado
ponerme las botas, siempre tengo problemas a la hora de elegir mis zapatos en
los momentos importantes de la vida, siempre me pasa. Pero mi cuerpo no sentía la lluvia y me
parecía vagar por cualquier lugar del mundo, muy lejos de aquí, de la acera de
enfrente de mi casa. Lo primero que hice fue comprar un ramo de flores, el más
grande que había. Cuando una mujer trae un hijo al mundo se merece un ramo de
flores, es una vieja y bonita costumbre.
Avanzaba hacía el hospital como en volandas, pero no andaba
rápido. Llegaban a mi mente y a mi corazón la presencia y la energía de mi
padre, era como si caminase a mi lado y su voz sonaba dentro de mi cabeza,
susurrándome unas palabras que yo entendí
perfectamente…”hay que ver Susi, lo que es la vida….la Raquelina
es madre…y yo tengo una nieta…” Sentía en mi corazón la presencia
fuerte y cálida de mi padre, y su mano con mi mano, puedo aseguraros que los
dos juntos hacíamos el camino. Junto a nosotros iba mi abuela, estaba muy
contenta y emocionada, tenía dos alas blancas y brillantes que movía sin parar.
Llevaba un vestido de faralaes digno de la mismísima Faraona, una peineta de nácar
y un mantón de manila con todos los colores del arco iris. Nos acompañaba en
nuestro camino, ella no andaba, parecía flotar mientras agitaba sus alas sin
parar. No paraba de sonreír y sus ojos desprendían toda la luz del universo.
Los tres recorrimos el camino, los tres juntos, yo la
primogénita y mis ancestros, que aunque ya hace tiempo que volaron de esta
vida, en este día parecían estar muy presentes en la tierra, o al menos, a mí
me lo parecía.
Llegué a la puerta del hospital y busqué la habitación
intentando contener la emoción. Intentando no llorar porque siempre lloro y
sabiendo que sería imposible.
Una vez delante de la habitación cogí aire durante un
segundo, se entreabrió la puerta un momento, nadie advirtió mi presencia, pero
en ese mismo instante vi por primera vez a mi hermana con Mia en los
brazos, sólo fue un instante pero quedó clavado en mi corazón para siempre.
Sentí toda la fuerza de ese bebé ligada
a la tierra y al cielo, sentí la fuerza de sus latidos en su pequeño pecho,
sentí su luz resplandeciente y rompí a llorar. Mi hermana tan hermosa y fuerte,
parecía una diosa, una hechicera, una guerrera. Mi hermana pequeña, ahora tan
grande…sus ojos irradiaban una luz dorada como el sol cuando traspasa las
nubes.
Miraba a mi madre, esa mujer tan maravillosa y loca, que ha
conservado la esencia de su pureza a pesar de todos los duros avatares de su
vida. Mi madre miraba a Mia como aquel que ve por primera vez la vida, sus ojos
reflejaban la ternura de un niño que mira a otro. Kake, su otra abuela, mantenía la dignidad
como una india apache, parecía un gran árbol viejo, sólido y fuerte, y sus ojos
se tornaban de un color brillante como el de las amatistas. Ella también miraba
a su hijo, Altair, mi hermano ¡Madre mía! Los ojos de Altair si que brillaban,
esos ojos donde tantas veces he visto la tierra y el cielo juntos, ahora reflejaban
toda la ternura de un corazón que siempre ha trabajado duro para amar y que
ahora recibía su recompensa. Una batería nueva.
Y yo Susana María, Malachavala, a mi me temblaba todo y me
costaba mucho mantener la compostura. Miles de sentimientos se agolpaban en mi
pecho que se hacía más y más grande. Tantas cosas he sido y vivido en este
tiempo. Todos estos años, todas esas risas y desasosiegos del vivir explotaron
de repente en mi interior y a mis pies
les crecieron raíces que me sustentaban fuerte a la tierra. En ese momento se
conectaron en mi corazón todas mis risas y mis llantos, toda mi fuerza y toda
mi debilidad y en aquel mismo instante…sentí un puño en mi pecho, me invadió
una fuerza desmedida que nacía de mi corazón, y supe que a partir de ahora
haría cualquier cosa por ese ser pequeñito y que dedicaría el resto de mi vida
a amarla y protegerla.
Sentí gratitud, una gratitud profunda que había olvidado por
la vida misma, una gratitud que llenaba mi interior de una calma desconocida y
una fortaleza sin lucha. Tomé el bebé en mis brazos, la alquimia de la vida es
poderosa, pone en funcionamiento lo mejor de nosotros mismos, lo purifica y lo
engrandece. Nos recuerda que la fortaleza no depende del tamaño, que nace en el
interior , y que la grandeza llega a la vida en un cuerpo muy pequeño. Un
regalo, un renacer hermoso.
Mia con toda la fuerza de la tierra de Raquel, con toda la
luz de las estrellas de Altair. Todo mezclado en las perfectas proporciones que
construían aquel cuerpecillo en el que habitaba un alma nueva, y que hablaba a
gritos diciendo: “Estoy aquí colegas, he llegado, vamos a rokanrolear.”
Cierro los ojos y veo a Mia conmigo, caminamos juntas de la
mano. Yo le enseño todo lo que sé; le hablo de lugares que he visto, del
desierto, los grandes ríos que cruzan la tierra; Le hablo de los elefantes, de
las jirafas y de los grandes gorilas que tienen la mirada de un hombre; de los
amaneceres y de los atardeceres en los distintos lugares del mundo. Le hablo de
las personas y le digo que allí donde habiten son todas iguales y que lo único
que poseen es un corazón como el suyo lleno de amor. Le canto coplas y
fandangos y bailo para ella, y de mis pies salen chispas y estrellas. Ella me
pregunta por sus abuelos, yo la cuento que su abuelo Julio era un pirata de
mirada profunda que recorrió los siete mares en su barco de madera; que
descubrió un paraíso muy lejano, donde los pájaros cantan y el cielo es
infinito. Le cuento que su abuelo Fernando fue un sultán que amaba la vida con
desespero, que era un hombre generoso en sonrisas y alegría de vivir, que tenía
el porte de un emperador romano y un bigote que volvía locas a las mujeres, y
le digo que siempre quiso tener una nieta como ella. Caminamos juntas, ella me
aprieta la mano con fuerza y calidez…En un momentito se para y me mira…y me
dice…”No te preocupes Malachavala, no tengas miedo, yo te voy a
cuidar…juntas vamos a luchar”
Abro los ojos y vuelvo al momento presente, al día en que
nació Mia Casal Haya…

Precioso Susi, un gran beso de Ana y mio para vosotras!!!!!
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