Primero intenté protegerme la cara, para no desfigurarme demasiado, pero todo el dolor se concentró en el corazón, y llevé mis manos al pecho en un intento reflejo de contener la explosión que hace un corazón humano al romperse en mil pedazos.
Miré mis manos que intentaban contener un río de sangre desbordado, que manaba de mi pecho y lo llenaba todo de un rojo profundo y brillante. La sangre cubrió todo mi cuerpo, resbalándome por la espalda y por las piernas. Era cálida y parecía palpitar. Empece a marearme y me caí al suelo. Mis manos seguían apretando mi pecho y ahora parecían ayudarme las manos de unos seres invisibles. Pero la sangre no dejaba de brotar, y al tiempo que abandonaba mi cuerpo, a un ritmo lento y pausado, aparecía ante mí tu rostro, tu sonrisa y tus manos apretando mi cuerpo tembloroso.
Había música dentro de mi cabeza. Me vi sonriendo y bailando por los caminos, me vi tiritando en noches oscuras y mi cuerpo desnudo irradiaba una luz blanca en el negro de la noche. Me vi derramando lágrimas durante cien lunas. Vi como la tierra me tragaba y me llevaba hasta sus entrañas, donde el fuego me forjaba una armadura nueva.
Tenía los ojos cerrados y el corazón me palpitaba en el pecho como si fuera a salírseme, espere a que me reventara. Abrí los ojos y miré mi cuerpo. Tenía un agujero en el pecho del que salía tu nombre. Espere un poco más a ver si me moría. Pero nada. El agujero ahora me dolía más que la sangre. Era un dolor vacío y desolador. Era una pieza que me habían sacado, algo que siempre iba a faltarme, un vacío, un hueco. Me pregunte cómo puede vivir alguien con un agujero en el pecho? Cerré los ojos otra vez y te vi de nuevo.
Yo estaba delante de tí, sin armadura y con mi agujero en el pecho y mi corazón sangrante. Pero estaba guapa, mi pelo ondeaba al viento y de mis ojos salían chiribitas. Llevaba ropajes de seda y pulseras en manos y pies de plata de Rhikarka. Tú te acercaste a mí. Llevabas mi corazón en la mano. Era de madera y tenía una llama flameante, estaba remachado con incrustaciones de plata mexicana.
Observe por un segundo mi corazón en tus manos. Pensé que era un buen sitio para estar. Quise dejarlo allí para siempre. Pero tú me lo devolviste, me dijiste..."No tengas miedo" y te marchaste, caminando despacio, dejándome sola, con mi corazón en la mano.
La sangre manaba ahora con más fuerza y era roja y brillante como los rubíes al sol. Mire el agujero de mi pecho otra vez. Era profundo y oscuro. Me introduje el corazón sin pensar. Tenía demasiados remaches, pero eran hermosos y pensé que aún podría funcionar. Otro estallido de dolor me invade, y después un golpeteo por dentro, el calor de la plata al fundirse, todo comienza de nuevo...
Desperté y el corazón me latía en el pecho. Era un latir algo ronco y desacompasado, pero parecía tener cierta armonía, y tenía fuerza...y latía...La sangre se me había secado en el pecho y había creado un dibujo, una herida de guerra, de esas que ni se curan, ni se cierran del todo.
Había dormido durante tres días y tres noches en los que había tenido visiones y sueños premonitorios. Nada podía asustarme ya. Miré mi rostro ante el espejo, casi no me reconocí, pero vi los ojos de un guerrero.
Esa misma noche zarpé en un carguero con destino Estambul, convencí al capitán con mis dotes de persuasión femenina y unos cuantos kilos de plata que le prometí al llegar a mi destino. El capitán vio la herida en mi pecho y una sombra pareció surcarle el rostro..."Esa es una herida de guerra ¿ Acaso has combatido cuerpo a cuerpo?"
Antes de abandonar el camarote me giré sobre mis talones, clave mis ojos en los suyos...y le dije suavemente...a tí que te parece... ...Salí de su camarote dejando un rastro de sangre...
Fotografía tomada el día de mi partida, 3 de agosto del 2012

